Somaly Mam, nacida en 1970 o 1971 en Bou Sra, al noreste de Camboya –en donde vive la tribu denominada Phong– es una reconocida activista dedicada a la lucha para acabar con la trata y explotación sexual de mujeres, niñas y niños.
Huérfana y prácticamente desamparada entre su tribu, a los siete años fue adoptada por un hombre que decía ser su abuelo, quien la trataba como una esclava, constantemente la golpeaba y abusaba sexualmente de ella. Después de haber cumplido doce años. Cuando cumplió 12 años su “abuelo” decidió venderla a la dueña de un prostíbulo. Durante varios años fue obligada a prostituirse; cada día iban a verla entre 15 y 20 clientes, y si ella se resistía a tener relaciones sexuales con ellos la golpeaban, la quemaban con cigarros y cables, o la encerraban en una jaula. Fue testigo de la tortura y homicidio de varias víctimas que se negaban a las violaciones o trataban de escapar, la mayoría de ellas menores de edad.
Afortunadamente, logró salir de ese mundo cuando compró su propia libertad. Contrajo matrimonio con un hombre francés llamado Pierre Legros, quien se encargaba de los laboratorios de Médicos sin Fronteras en Camboya y posteriormente se fueron a vivir a Francia.
A pesar de su propio dolor y miedo, Somaly tomó la decisión de regresar a su país y abrir AFESIP (Acción por las Mujeres en Situación Precaria, por sus siglas en francés) con la misión de liberar a tantas otras mujeres que continuaban siendo explotadas y maltratadas en los prostíbulos. Sin embargo, esto ha demostrado no ser una tarea fácil, pues tras el régimen de Pol Pot y el genocidio que sufrió Camboya en la década de los setenta, los índices de pobreza y corrupción continúan siendo sumamente altos. Así, en el afán de lograr su meta, inevitablemente se ganó, recibiendo amenazas y agresiones constantemente. Las autoridades, lejos de prestarle ayuda, fueron y siguen siendo un obstáculo, ya que varios funcionarios son clientes o dueños de estos prostíbulos.
La ayuda que Mam solicitaba a distintas organizaciones y el apoyo que daba a las víctimas no era suficiente, por lo que decidió escribir sus memorias. El libro, llamado en español El silencio de la inocencia, causó tal indignación al describir tan crudamente el problema tan grande que se vive en Camboya que su autora fue nominada en 2008 al Premio Nobel de la Paz.
Actualmente Somaly Mam continúa rescatando mujeres, niños y niñas víctimas de trata y explotación sexual, no sólo a través de AFESIP, sino de la fundación que lleva su nombre. Estas dos fundaciones, además de albergar a mujeres, cuentan con programas de ayuda psicológica, educación, investigación y readaptación.
www.afesip.org
www.somaly.org
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miércoles, 11 de mayo de 2011
HEGEL (1770-1831) por Juan Miguel Hurtado
La importancia y trascendencia de un filósofo es lo más complejo de resumir, no importa si es en un breve espacio o en tomos completos. En parte, porque, contrario a lo que se piensa, los grandes filósofos no caducan ni se superan, sino que su legado se cuela hasta el presente no sólo en el ámbito académico, sino en cómo pensamos, percibimos e interpretamos hoy. Hegel fue (es) un pensador titánico y monstruoso, al grado que tras casi doscientos años se sigue discutiendo con él. En consecuencia, todo lo que viene a continuación implica una simplificación que requeriría de cientos de matices.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel nació en lo que hoy es Alemania en 1770, durante un periodo en que la filosofía seguía íntimamente relacionada con la religión (Hegel estudió teología). Sin embargo, la mentalidad estaba cambiando; con el triunfo de la Revolución Francesa (1789) y posteriormente la propagación de la separación de la religión frente a los asuntos públicos e intelectuales (principalmente debido al domino de Napoleón en Europa) se hizo inminente para los pensadores emprender un nuevo camino.
En Alemania todo giraría alrededor del Idealismo. Esta corriente filosófica retomó a pensadores tan antiguos como Platón; su iniciador fue Immanuel Kant, quien es considerado por algunos como el responsable del pensamiento crítico moderno: los idealistas dan prioridad al mundo de las ideas sobre el material, y Kant cuestionó el que podamos conocer los objetos, el mundo material, tal cual es; para Kant nuestra mente contiene una especie de red de categorías en la que vamos colocando lo que observamos (entendemos que un gato es un gato porque existe la categoría). Así inició (involuntariamente) una lucha entre quienes piensan que el mundo existe por sí mismo y quienes, en menor o mayor medida, lo consideran una construcción mental.
Hegel continuó y sistematizó el idealismo. Para él, el mundo en sí, creación divina, es un espacio de contradicciones infinitas. Las cosas que son (tesis) aparecen sólo en oposición a otras (antítesis), y estas dos ideas se funden en una para hacerlas inteligibles (síntesis); cada síntesis se convierte a su vez en una nueva tesis. Para Hegel el universo es así, y por lo tanto sólo siguiendo esta fórmula, llamada dialéctica, podemos acceder a conocerlo.
Como muchos idealistas (desde Platón), su filosofía iba enfocada a descubrir la finalidad del ser humano, y así concluyó que nuestra eterna lucha por llegar a la libertad absoluta (a Dios) era progresiva (vamos caminando hacia algo mejor). Bajo su mirada, Dios no sólo lo sabe todo (omisciente), no sólo está en todas partes (omnipresente) sino que es todo; por lo tanto, el camino a Dios, previamente trazado por la Providencia, es el camino hacia el conocimiento total: Dios es la síntesis de todas las síntesis, la misión del hombre es descubrir todas las contradicciones para llegar a Él.
Las teorías de Hegel son tan amplias y complejas que fueron retomadas con resultados disímbolos. Sus seguidores se dividen en “derecha” e “izquierda”, los primeros se centraron en su filosofía tal cual, y llegaron a pensar que el estado prusiano (su Espíritu) había llegado a su máximo nivel de desarrollo; los de izquierda lo negaron, y buscaron complementar o adaptar las teorías hegelianas. El más famoso de estos últimos fue Karl Marx, quien aplicó la misma visión histórica de Hegel (el camino progresivo hacia la libertad total) a las teorías materialistas: el mundo se rige por la economía, la misión del hombre, su búsqueda por la libertad, consiste en lograr la igualdad material absoluta.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel nació en lo que hoy es Alemania en 1770, durante un periodo en que la filosofía seguía íntimamente relacionada con la religión (Hegel estudió teología). Sin embargo, la mentalidad estaba cambiando; con el triunfo de la Revolución Francesa (1789) y posteriormente la propagación de la separación de la religión frente a los asuntos públicos e intelectuales (principalmente debido al domino de Napoleón en Europa) se hizo inminente para los pensadores emprender un nuevo camino.
En Alemania todo giraría alrededor del Idealismo. Esta corriente filosófica retomó a pensadores tan antiguos como Platón; su iniciador fue Immanuel Kant, quien es considerado por algunos como el responsable del pensamiento crítico moderno: los idealistas dan prioridad al mundo de las ideas sobre el material, y Kant cuestionó el que podamos conocer los objetos, el mundo material, tal cual es; para Kant nuestra mente contiene una especie de red de categorías en la que vamos colocando lo que observamos (entendemos que un gato es un gato porque existe la categoría). Así inició (involuntariamente) una lucha entre quienes piensan que el mundo existe por sí mismo y quienes, en menor o mayor medida, lo consideran una construcción mental.
Hegel continuó y sistematizó el idealismo. Para él, el mundo en sí, creación divina, es un espacio de contradicciones infinitas. Las cosas que son (tesis) aparecen sólo en oposición a otras (antítesis), y estas dos ideas se funden en una para hacerlas inteligibles (síntesis); cada síntesis se convierte a su vez en una nueva tesis. Para Hegel el universo es así, y por lo tanto sólo siguiendo esta fórmula, llamada dialéctica, podemos acceder a conocerlo.
Como muchos idealistas (desde Platón), su filosofía iba enfocada a descubrir la finalidad del ser humano, y así concluyó que nuestra eterna lucha por llegar a la libertad absoluta (a Dios) era progresiva (vamos caminando hacia algo mejor). Bajo su mirada, Dios no sólo lo sabe todo (omisciente), no sólo está en todas partes (omnipresente) sino que es todo; por lo tanto, el camino a Dios, previamente trazado por la Providencia, es el camino hacia el conocimiento total: Dios es la síntesis de todas las síntesis, la misión del hombre es descubrir todas las contradicciones para llegar a Él.
Las teorías de Hegel son tan amplias y complejas que fueron retomadas con resultados disímbolos. Sus seguidores se dividen en “derecha” e “izquierda”, los primeros se centraron en su filosofía tal cual, y llegaron a pensar que el estado prusiano (su Espíritu) había llegado a su máximo nivel de desarrollo; los de izquierda lo negaron, y buscaron complementar o adaptar las teorías hegelianas. El más famoso de estos últimos fue Karl Marx, quien aplicó la misma visión histórica de Hegel (el camino progresivo hacia la libertad total) a las teorías materialistas: el mundo se rige por la economía, la misión del hombre, su búsqueda por la libertad, consiste en lograr la igualdad material absoluta.
Corto Moltedo El secreto mejor guardado de París por Juan Miguel Hurtado
Reservado pero excéntrico, sencillo pero amante de lo exquisito, Corto Moltedo me recibió sentado en una silla, con una pierna cruzada sobre la otra y una singular sonrisa perfectamente ad-hoc con su personalidad charmant. No es precisamente una persona extrovertida, pero se desenvuelve como quien se ha hecho inmune a ser famoso, sin poses premeditadas y con una seguridad admirable.
Me pregunto cómo es que aquel hombre tan obviamente casual, amante de la sencillez, decidió experimentar en diseño con colores tan atrevidos sobre formas tan tradicionales: “Empecé por usar piel y colores fuertes. Crecí en Nueva York y sentía que todos los neoyorkinos vestían de negro, lo cual me parecía un poco aburrido.”
Así comenzó la saga de Corto, buscando liberar avidez por buscar el pequeño detalle que resalta entre lo aparentemente homogéneo. Corto Moltedo es, sin duda alguna, un atento observador de lo inadvertido, y aprovecha esta cualidad al máximo para darle un toque a sus diseños: “Mi proceso creativo se define por investigación y desarrollo, trato de observar más allá de lo obvio, los colores, las formas, las líneas… deben tener un sentido y formar una buena composición.”
Hoy reside en París, ciudad cosmopolita, pero él prefiere los lugares inspiradores en los que puede conversar consigo mismo mientras arranca a la naturaleza sus colores: “cuando camino entre los jardines, recuerdo por qué elegí París para vivir, y me viene a la memoria la razón por la que me enamoré de la ciudad. Los jardines de Palais Royal son otro de sus tesoros escondidos, por eso es aquí donde tengo mi tienda.”
Paradójicamente, las creaciones de este artista tan reservado han vestido los hombros de personajes tan excéntricos como Madonna. Tal vez sea su personalidad, que irradia absoluta confianza en sí mismo mientras está en sus propios espacios, la que lo llevó a crear artículos exclusivos en honor a personalidades más extrovertidas: "Les pongo el nombre de personas o lugares que me inspiraron a elaborarlas. Mi favorita es Priscilla, en honor a Priscilla Presley. Ella es un icono para mí, es mi amiga, una mujer de verdad y, por supuesto, la esposa del Rey."
En la línea de las personalidades, le pregunto a quién elegiría para mostrar sus bolsas en México: "A Beatriz Pasquel o Paulina Rubio, ellas son los ángeles elegidos de Corto." Conoce el mercado mexicano mejor de lo que pensaba, e incluso muestra un interés propio por agregar que el mercado de lujo en nuestro país tiene un gran potencial, "los mexicanos son muy fuertes y atrevidos en cuanto lo que a la moda se refiere."
Corto Moltedo se transforma cuando habla de su trabajo, todo su rostro se ilumina de forma distinta, proyecta un aura agradable, sin egolatría. Resulta refrescante constatar que es una persona que crea porque vive, porque viaja constantemente con todos los sentidos en alerta. La música, una más de sus pasiones, es de nuevo el motivo central de su última colección, lo que demuestra que sus diseños son consecuentes con su forma de ver la vida: "Me nació la inspiración mientras escuchaba Jessie’s Girl de Rick Springfield en youtube. Me identifiqué con el video, pues me sentía con el corazón roto, enojado; además tenía el glamour de las luces destellantes que hicieron que creciera una tormenta de ideas en mi cabeza… sentimientos oscuros del rock."
Me pregunto cómo es que aquel hombre tan obviamente casual, amante de la sencillez, decidió experimentar en diseño con colores tan atrevidos sobre formas tan tradicionales: “Empecé por usar piel y colores fuertes. Crecí en Nueva York y sentía que todos los neoyorkinos vestían de negro, lo cual me parecía un poco aburrido.”
Así comenzó la saga de Corto, buscando liberar avidez por buscar el pequeño detalle que resalta entre lo aparentemente homogéneo. Corto Moltedo es, sin duda alguna, un atento observador de lo inadvertido, y aprovecha esta cualidad al máximo para darle un toque a sus diseños: “Mi proceso creativo se define por investigación y desarrollo, trato de observar más allá de lo obvio, los colores, las formas, las líneas… deben tener un sentido y formar una buena composición.”
Hoy reside en París, ciudad cosmopolita, pero él prefiere los lugares inspiradores en los que puede conversar consigo mismo mientras arranca a la naturaleza sus colores: “cuando camino entre los jardines, recuerdo por qué elegí París para vivir, y me viene a la memoria la razón por la que me enamoré de la ciudad. Los jardines de Palais Royal son otro de sus tesoros escondidos, por eso es aquí donde tengo mi tienda.”
Paradójicamente, las creaciones de este artista tan reservado han vestido los hombros de personajes tan excéntricos como Madonna. Tal vez sea su personalidad, que irradia absoluta confianza en sí mismo mientras está en sus propios espacios, la que lo llevó a crear artículos exclusivos en honor a personalidades más extrovertidas: "Les pongo el nombre de personas o lugares que me inspiraron a elaborarlas. Mi favorita es Priscilla, en honor a Priscilla Presley. Ella es un icono para mí, es mi amiga, una mujer de verdad y, por supuesto, la esposa del Rey."
En la línea de las personalidades, le pregunto a quién elegiría para mostrar sus bolsas en México: "A Beatriz Pasquel o Paulina Rubio, ellas son los ángeles elegidos de Corto." Conoce el mercado mexicano mejor de lo que pensaba, e incluso muestra un interés propio por agregar que el mercado de lujo en nuestro país tiene un gran potencial, "los mexicanos son muy fuertes y atrevidos en cuanto lo que a la moda se refiere."
Corto Moltedo se transforma cuando habla de su trabajo, todo su rostro se ilumina de forma distinta, proyecta un aura agradable, sin egolatría. Resulta refrescante constatar que es una persona que crea porque vive, porque viaja constantemente con todos los sentidos en alerta. La música, una más de sus pasiones, es de nuevo el motivo central de su última colección, lo que demuestra que sus diseños son consecuentes con su forma de ver la vida: "Me nació la inspiración mientras escuchaba Jessie’s Girl de Rick Springfield en youtube. Me identifiqué con el video, pues me sentía con el corazón roto, enojado; además tenía el glamour de las luces destellantes que hicieron que creciera una tormenta de ideas en mi cabeza… sentimientos oscuros del rock."
Sandra Lorenzano, Vestigios por Juan Miguel Hurtado
Será cierto que las manos forman las palabras? Como cántaro ansioso del que beberemos. Como caricia en cada hueso.
Con los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. Como si fuera uno más de los muertos del desierto. De los muertos tartamudos del desierto. Lejos del mar. Lejos del camino que permite el regreso.
Los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. El rezo lejos del mar.
El murmullo crece. Murmullo tartamudo del desierto.
Pero el mío es paisaje de ríos y de otoños, de luz que se filtra por las hojas. Paisaje de aire.
Paisaje de abandonos.
Los ríos son también la tumba secreta. Violencia de ramas y lodo que se arremolinan. La cabeza hacia el Oriente.
Podría recordar ahora alguna imagen lejana. Podría, tal vez, hablar de la piel en el instante en que entra al agua, del temblor, de las huellas en el cuerpo. De los vestigios de un tiempo ajeno en las tribulaciones de la lengua. En el balbuceo que me deja sin nombre. Podría, quizás, añorar el desierto.
Tartamudas son las venas que me alejan de la arena. Los brazos en cruz. Las palabras que me faltan. La piel que tiembla al entrar al agua. El murmullo crece. Vestigios.
A lo lejos suena una sirena, ladra un perro. El mundo es el que es aunque las palabras se ahoguen en el quiebre. Aunque no haya ríos. Ni otoños. Aunque agosto sea el mes más cruel.
Sandra Lorenzano, Vestigios (fragmento)
Para muchos la poesía es un género difícil, requiere permitir que el texto nos hable. La poesía tiene mucho de autobiográfico, es la voz desnuda, y contiene una gran dosis de realidad, de tu historia, de lo que eres.
Narradora y ensayista, escritora de poesía Sandra Lorenzano –también Vicerrectora Académica del Claustro de Sor Juana– presentó en la librería Bella Época, de Fondo de Cultura Económica, su libro de poemas, Vestigios. Con un tono melancólico pero valiente, surgido del dolor por la muerte de su madre poco antes de la publicación de su novela Saudades, Vestigios refleja el ser más íntimo y profundo de la autora. El libro intenta llevar al lector al límite de un abismo y salir del mismo renovado.
Vestigios, explica la escritora argentina radicada en México, nace del silencio, el silencio marcado por las ausencias, por el amor y la reflexión y va hacia el silencio, pero un silencio de plenitud.
*Sandra Lorenzano “Vestigios” Editorial Pre-Texto, 2010 en las mejores librerías o en http//sandralorenzano.blogspot.com
Con los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. Como si fuera uno más de los muertos del desierto. De los muertos tartamudos del desierto. Lejos del mar. Lejos del camino que permite el regreso.
Los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. El rezo lejos del mar.
El murmullo crece. Murmullo tartamudo del desierto.
Pero el mío es paisaje de ríos y de otoños, de luz que se filtra por las hojas. Paisaje de aire.
Paisaje de abandonos.
Los ríos son también la tumba secreta. Violencia de ramas y lodo que se arremolinan. La cabeza hacia el Oriente.
Podría recordar ahora alguna imagen lejana. Podría, tal vez, hablar de la piel en el instante en que entra al agua, del temblor, de las huellas en el cuerpo. De los vestigios de un tiempo ajeno en las tribulaciones de la lengua. En el balbuceo que me deja sin nombre. Podría, quizás, añorar el desierto.
Tartamudas son las venas que me alejan de la arena. Los brazos en cruz. Las palabras que me faltan. La piel que tiembla al entrar al agua. El murmullo crece. Vestigios.
A lo lejos suena una sirena, ladra un perro. El mundo es el que es aunque las palabras se ahoguen en el quiebre. Aunque no haya ríos. Ni otoños. Aunque agosto sea el mes más cruel.
Sandra Lorenzano, Vestigios (fragmento)
Para muchos la poesía es un género difícil, requiere permitir que el texto nos hable. La poesía tiene mucho de autobiográfico, es la voz desnuda, y contiene una gran dosis de realidad, de tu historia, de lo que eres.
Narradora y ensayista, escritora de poesía Sandra Lorenzano –también Vicerrectora Académica del Claustro de Sor Juana– presentó en la librería Bella Época, de Fondo de Cultura Económica, su libro de poemas, Vestigios. Con un tono melancólico pero valiente, surgido del dolor por la muerte de su madre poco antes de la publicación de su novela Saudades, Vestigios refleja el ser más íntimo y profundo de la autora. El libro intenta llevar al lector al límite de un abismo y salir del mismo renovado.
Vestigios, explica la escritora argentina radicada en México, nace del silencio, el silencio marcado por las ausencias, por el amor y la reflexión y va hacia el silencio, pero un silencio de plenitud.
*Sandra Lorenzano “Vestigios” Editorial Pre-Texto, 2010 en las mejores librerías o en http//sandralorenzano.blogspot.com
CHARLES DICKENS (1812-1870) por Juan Miguel Hurtado
Honraré a la Navidad en mi corazón, y trataré de mantenerla ahí todo el año
Charles Dickens, Cuento de navidad
Hay demasiado de Dickens entre nosotros para saber dónde comenzar acertadamente. Su fantasma nos persigue como al famoso Scrooge de su cuento. El más grande novelista inglés de la era Victoriana podría muy bien ser, sin temor a exagerar, el más influyente novelista en el panorama literario actual.
El reinado de Victoria (1837-1931) marca la época más próspera e industriosa en la historia del Imperio Británico. Sus trenes y barcos, inventos recientes, llevaban a todos los rincones del mundo los productos de sus fábricas industriales, regresándole después inmensas sumas de capital. En esta escala, la Gran Bretaña era un imperio próspero y digno del inmenso orgullo de sus habitantes. Sin embargo, con el capitalismo voraz brotó un inmenso abismo entre la población que la polarizó hasta un punto extremo; para José Emilio Pacheco “muy pronto los victorianos expresaron sus dudas sobre el sentido y el precio humano de un desarrollo a toda costa que acumulaba inmensos capitales a cambio de engendrar miserias y sufrimientos nunca vistos”. La situación se hacía más evidente en las grandes ciudades industriales, como la propia Londres.
La novela moderna nació frente a ese panorama. Los novelistas se convirtieron en “el historiador de la vida privada. El cronista de la gente que no tiene historia, el corresponsal del hoy fugaz que de otro modo se evapora sin dejar huella”. Sus escritos, herederos de los cuentos épicos de grandes héroes y reyes, migraron hacia “la epopeya de los pobres”. Frente a la literatura romántica, exacerbadamente individualista, nació este género que buscaba explicar y retratar a la sociedad en su conjunto.
Charles Dickens es el gran inventor –y a la fecha nadie ha superado al maestro– del melodrama urbano. Su historias recogen a estas almas perdidas de la ciudad a través de distintos ojos: la del niño desamparado o huérfano (Oliver Twist, David Copperfield), la del migrante del campo (Grandes esperanzas), la del obrero (Tiempos difíciles).
En vida fue amado como nadie a todos los niveles: por los miserables, despojos del capitalismo, porque se veían reflejados y hasta reivindicados cuando se les leían en voz alta los minuciosamente descriptivos capítulos de sus obras publicados en los periódicos; los burgueses porque, al fin y al cabo, ponía al frente, como solución máxima, apegarse a los valores morales victorianos: honestidad, caridad cristiana; fue por excelencia el novelista familiar leído en la sala de la casa. Su popularidad era descomunal y se desbordó hasta Estados Unidos, donde la gente se abarrotaba en los muelles para preguntar a los marineros cuál había sido el desenlace del último capítulo escrito por Dickens. En ocasiones tuvo que cambiar la trama para que la gente no sufriera demasiado con el destino de sus personajes.
“Clásico tan universal como Shakespeare”, nos legó los efectivos arquetipos de todo el entretenimiento popular, al grado que muchos lo tacharon de un mero entretainer, más que de un gran novelista. Es, para bien y para mal, responsable del triunfo del best-seller, de los personajes y tramas de prácticamente cualquier telenovela (los buenos buenísimos, en sus novelas obreros y miserables, frente a los villanos capitalistas). Podríamos ir tan lejos como achacarle también el éxito de la comedia romántica en el cine, arte que también le debe mucho, pues D.W. Griffith, creador del montaje cinematográfico, confesó haberse inspirado en la técnica narrativa de Dickens.
Por último, y muy adhoc para estas épocas, “a él se debe en gran medida el concepto de la Navidad como celebración de la paz y armonía familiares”, gracias a su Cuento de Navidad, que grabó para siempre en nuestra memoria al personaje del Tío Scrooge que con tanto éxito reprodujo Disney.
Juan Miguel Hurtado
Charles Dickens, Cuento de navidad
Hay demasiado de Dickens entre nosotros para saber dónde comenzar acertadamente. Su fantasma nos persigue como al famoso Scrooge de su cuento. El más grande novelista inglés de la era Victoriana podría muy bien ser, sin temor a exagerar, el más influyente novelista en el panorama literario actual.
El reinado de Victoria (1837-1931) marca la época más próspera e industriosa en la historia del Imperio Británico. Sus trenes y barcos, inventos recientes, llevaban a todos los rincones del mundo los productos de sus fábricas industriales, regresándole después inmensas sumas de capital. En esta escala, la Gran Bretaña era un imperio próspero y digno del inmenso orgullo de sus habitantes. Sin embargo, con el capitalismo voraz brotó un inmenso abismo entre la población que la polarizó hasta un punto extremo; para José Emilio Pacheco “muy pronto los victorianos expresaron sus dudas sobre el sentido y el precio humano de un desarrollo a toda costa que acumulaba inmensos capitales a cambio de engendrar miserias y sufrimientos nunca vistos”. La situación se hacía más evidente en las grandes ciudades industriales, como la propia Londres.
La novela moderna nació frente a ese panorama. Los novelistas se convirtieron en “el historiador de la vida privada. El cronista de la gente que no tiene historia, el corresponsal del hoy fugaz que de otro modo se evapora sin dejar huella”. Sus escritos, herederos de los cuentos épicos de grandes héroes y reyes, migraron hacia “la epopeya de los pobres”. Frente a la literatura romántica, exacerbadamente individualista, nació este género que buscaba explicar y retratar a la sociedad en su conjunto.
Charles Dickens es el gran inventor –y a la fecha nadie ha superado al maestro– del melodrama urbano. Su historias recogen a estas almas perdidas de la ciudad a través de distintos ojos: la del niño desamparado o huérfano (Oliver Twist, David Copperfield), la del migrante del campo (Grandes esperanzas), la del obrero (Tiempos difíciles).
En vida fue amado como nadie a todos los niveles: por los miserables, despojos del capitalismo, porque se veían reflejados y hasta reivindicados cuando se les leían en voz alta los minuciosamente descriptivos capítulos de sus obras publicados en los periódicos; los burgueses porque, al fin y al cabo, ponía al frente, como solución máxima, apegarse a los valores morales victorianos: honestidad, caridad cristiana; fue por excelencia el novelista familiar leído en la sala de la casa. Su popularidad era descomunal y se desbordó hasta Estados Unidos, donde la gente se abarrotaba en los muelles para preguntar a los marineros cuál había sido el desenlace del último capítulo escrito por Dickens. En ocasiones tuvo que cambiar la trama para que la gente no sufriera demasiado con el destino de sus personajes.
“Clásico tan universal como Shakespeare”, nos legó los efectivos arquetipos de todo el entretenimiento popular, al grado que muchos lo tacharon de un mero entretainer, más que de un gran novelista. Es, para bien y para mal, responsable del triunfo del best-seller, de los personajes y tramas de prácticamente cualquier telenovela (los buenos buenísimos, en sus novelas obreros y miserables, frente a los villanos capitalistas). Podríamos ir tan lejos como achacarle también el éxito de la comedia romántica en el cine, arte que también le debe mucho, pues D.W. Griffith, creador del montaje cinematográfico, confesó haberse inspirado en la técnica narrativa de Dickens.
Por último, y muy adhoc para estas épocas, “a él se debe en gran medida el concepto de la Navidad como celebración de la paz y armonía familiares”, gracias a su Cuento de Navidad, que grabó para siempre en nuestra memoria al personaje del Tío Scrooge que con tanto éxito reprodujo Disney.
Juan Miguel Hurtado
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