miércoles, 11 de mayo de 2011

INTRODUCCIÓN AL CIEMPIÉS por Harald Rumpler

Multiforme, caprichoso, depredador, impredecible, el ciempiés se aparece en tus ratos de tedio y desencanto, después de haber paladeado la muerte tras una siesta a media tarde. Reptar por tu cuerpo, meterse en tu mente, roer tus huesos, hurgar en tus vísceras, es su deleite. Suele habitar los páramos creativos, cuando no se tienen ganas de escribir o leer; surgir en la resaca o los domingos lentos con sabor a fin de mundo; cuando la cartelera cinematográfica no ofrece nada que valga la pena; cuando constatas en el televisor cuán estúpida y lamentable puede llegar a ser la especie humana. En tales casos el ciempiés es implacable y una vez dentro de ti su hiel se propaga por tu cuerpo inevitablemente.

Este espacio relatará las batallas que libraré contra el ciempiés, las armas para vencerlo como la literatura, el cine, la televisión, armas que, oh paradoja, se pueden volcar en contra mía y aliarse con el ciempiés en caso de no cubrir las expectativas de este narrador.

La primera aparición del ciempiés en mi vida. Tengo diez años. Juego policías y ladrones con otros niños. Una tía nos llama: el show del payaso va a comenzar. Corremos hacia las sillas dispuestas frente a una tarima. Sale el payaso, demacrado y con una incipiente forma de dromedario viejo, sin la menor gracia, movimientos torpes y mecánicos. El maquillaje le da un efecto lastimero. Jamás un payaso, sólo un individuo haciendo payasadas destilando su miseria y frustración.

Tras una serie de actos desafortunados, suelta un repertorio de chistes tan insulsos y gastados que nadie se ríe. En ese momento escucho un zumbido desagradable que me da escalofríos y me es imposible de olvidar. Proviene de un árbol del jardín. Una alimaña negra con múltiples patas se asoma de entre las ramas, con su cuerpo onduleante tapa el sol, me guiñe con uno de sus ojos de lodo y brinca sobre mi cuello, inoculándome el veneno del desencanto.

Mi padre, fiel discípulo de Baco y oriundo de la tierra de Mozart y Hitler, nos ha traído a esta fiesta a pesar de que odia ese tipo de celebraciones, sólo porque mi madre, la verdadera tía de la festejada, ha tenido que llevar a mi abuela a cambiarle las gomas a su muletas. Entonces el austríaco recurre al vino tinto para soportar a su familia política y se pone hasta el cepillo. Afortunadamente tiene un don para manejar ebrio y llegamos a casa sin contratiempos.

Mi madre y la abuela -cuya simpatía por su yerno era proporcional a la que yo sentía en ese entonces por las matemáticas- ven en el sillón verde de la sala "Siempre en Domingo" con Raúl Velasco. Al ver el estado etílico de mi padre, mamá y la abuela arman un escándalo: “¡Borracho irresponsable! ¡Maximiliano de quinta! ¡Mira que poner en peligro la vida de tus hijos!” Mi alpino progenitor las intenta calmar, lo que sólo aumenta la cólera de madre e hija. Se acaba la paciencia del austríaco y de un grito digno del más ronco mariscal prusiano, las calla de golpe.

Se desata la batalla campal, por un lado las lanzas y los dardos envenenados aztecas, por otro los cañonazos germánicos. Como telón de fondo la voz de Raúl Velasco presentando a la juvenil Yuri. Para ese entonces el ciempiés vuela pletórico por toda la sala.

De pronto mi padre voltea a ver a la pantalla, donde la cantante jarocha canta su éxito “Osito Panda”. Lanzando otro insulto en alemán, se precipita sobre el televisor, lo carga y lo estrella contra la pared callando ipso facto la ochentera melodía.

El austríaco suelta un suspiro de alivio y sin decir nada más se va a su cuarto a dormir. Mamá y la abuela se quedan boquiabiertas, ojicuadradas y jesusimplorantes. Desde ese entonces el "aún hay más" de Don Raúl y "El osito panda" de Yuri me provocan vómito.


Harald Rumpler
http://www.ciudadcultura.com.mx/

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